Anoche soñé que mi sueño estaba atrapado en una realidad como con textura de plástico, agua y tela. Era flexible y moldeable; también incontrolable. No me molestaba en absoluto. A veces asumía que era normal aunque no lo creyera. Veía que todos hacían algo de acuerdo a esa realidad y yo los seguía. Parecía un juego. Les seguía el juego. Recuerdo que había una máquina de cocer. Era necesaria para trabajar. Para generar dinero. Entonces en el sueño, aunque pudiera ganar dinero, lo importante era hacer lo que generaba dinero. Pero no era importante y me cansaba tener preocupaciones. Así que me separé de todos y entré a una habitación muy iluminada. Era similar a la habitación en la que estoy escribiendo este texto. Había muebles claros. Libros. Varios objetos que no podía detallar. Eran los necesarios para sentir que una habitación era una habitación acogedora. Y afuera, estaba el cielo. Floté no por voluntad. Sino porque afuera, en el mismo cielo azulado y brillante con nubes, había un agujero negro. Inmenso. Fui atraído. Dejé de esforzarme y solté todo mi cuerpo a la merced de su gravedad. Lloré. Aceptar su atracción era aceptar mi fin. No era rendirse tampoco. Era la liberación de lo absurdo de todo lo que había soñado anteriormente. La liberación era el fin.
Quiero liberarme entonces también de un amor que no va a ser. Le compré un regalo. Sé que lo usará. Sé que estará en su sala y va a decorarla. Hará que su sala sea una sala. Me liberaré así: pondré mi amor en ese artificio. Pondré mi ilusión en ese objeto. Estará cargado de amor. De todo el amor que le tengo; incluido el futuro. Será el agujero negro de mi amor. Pues después de que el amor ha sido tragado por la oscuridad no volverá a salir. Lo habré olvidado. Es un regalo. Se lo daré. Ella lo tendrá que abrir. Y no verá más que un objeto. No verá mi artificio. Y ese será el hechizo. Mi amor se volverá invisible. Se marchitará en la invisibilidad. Y no habrá ninguna manifestación aquí, en mi habitación, ni en la suya.
Carlos Garaycoa

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